sábado, 21 de noviembre de 2009

''Uno aquí, por favor'', de Wilfredo José Burgos Matos

No sabíamos cómo llegar hasta la barra más cercana. Cassandra y yo queríamos ahogar nuestras penas luego de las avalanchas de trabajo. Llegamos hasta la primera esquina, estaba muy lejana al lugar que queríamos visitar, según un vagabundo que allí se encontraba. Entonces, nos movimos del lugar y nos pusimos a cantar como niños pequeños. En eso, se asomó por la siguiente esquina - a la que nos había enviado el desconocido- una pequeña estela de iluminación. Estábamos en el lugar correcto, cercanos a los venenos coloridos: diversidad de rones.

Tomé por la mano a Cassandra sumamente emocionado. Era como llegar a un parque de diversiones que nos prometía alegría y regocijo. Sin embargo, ¿cómo le haríamos hasta llegar a la pequeña mesita que guardaba nuestros aliados? Somos menores y estábamos tratando de evitar que la realidad fuese descubierta.

Gracias a Dios que conseguimos a un amigo o, al menos eso pensé en ese momento, pues, le pregunté y únicamente me respondió que no había problema con mi desespero. Le pregunté por qué y respondió que estábamos en el lugar correcto, ya que no pedían identificación.

Mis ojos y los de Cassandra se abrieron como cuando nuestros padres nos decían que nos llevarían a comprar dulces. Estábamos felices, contentos, todos los sinónimos de alegría. Ya estábamos en la barra y, de primera intención, ya teníamos el Midori Sour en nuestras manos. Comenzamos a bailar, nos metimos entre el bullicio sudoroso de las personas que estaban allí.

Cuando tuvimos, otra vez, ganas de darnos un trago, nos dirigimos hacia la barra. Pero esta vez las cosas no surgieron tal como esperábamos. Al pedir nuestro quinto Midori Sour, una persona fornida y grande nos pidió la identificación. Lo triste del asunto es que no era alguien de la barra, sino que se encontraba fuera del alcance de atrapar alguna botella para entregarnos la bebida. Entonces, luego de que me dieran el trago, le dije que no tenía identificación, que yo era un menor, como muchos de los que estaban allí.

Y es ahí cuando se formó la gallareta. Desalojaron el lugar y como siete agentes cayeron alrededor de nosotros, agarrándonos y haciendo que nuestros vasos besaran el piso. Nos dijeron que eran agentes y que cerrarían el local, pues, estaban vendiendo bebidas alcohólicas a menores. Mi cara de vergüenza llegaba de ahí hasta mi apartamento (como a 25 minutos del lugar). Por mi culpa, y por haber dejado al descubierto mi identidad, desalojaron el sitio y nos llevaron con ellos a la comandancia.

Cassandrita y yo nos mirábamos con angustia y desespero. No estábamos aptos para estos lugares, pero aún así, lo hicimos. Llamaron a nuestros padres, llegaron, y sabrán cómo nos regañaron. Éramos el centro de atención gracias a las quejas de mi madre, a sus gritos que llegaban hasta las paredes del local adyacente. Mi padre sólo miraba, el oficial se reía mientras observaba. Al fin y al cabo, salimos de la comandancia con un pequeño papel que relataba las experiencias que podían suceder al someterse al enemigo alcohol.

Nuestros padres nos llevaron al apartamento y, específicamente mami, volvió a recordarnos la realidad del asunto: como se enterara que salíamos, nos buscaba y nos daba frente al que fuera. Despidiéndonos de ellos, llamamos a Julia, nuestra vecina. Eran las dos de la madrugada y ella estaba arreglándose para salir. La tentación fue tal, que decidimos entregarnos a los asientos de su automóvil; con ella volvimos a disfrutar, pues, nos compraba las bebidas y nosotros... las consumíamos.

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