Le gustaba la violencia. Me lo dijo. Era un matón de clase, bien preparado en su materia. No sabía cómo llegarle a los niños, era mal padre, supongo. Sólo sé que era un ser supremo al momento de trabajar. Le gustaba el trabajo sucio. Era malicioso. Pocas personas lo llegaron a conocer tan bien como yo.
Pero en fin, les contaré lo que me hizo creer en su supremacía. Llegué de noche, era el cuatro de julio. Estaba sentado en la calle, martirizado. Tenía cara de pocos amigos. Entonces, me acerqué. Le pregunté qué le pasaba, pero su rostro parecía perderse en la oscuridad de la noche. Sus labios se entregaron a la fuerza de gravedad. Estaba borracho, drogado… no sé.
Le pregunté nuevamente. Esta vez me miró fijamente a los ojos. Sacó su arma y comencé a correr. No sé qué le estaba pasando por la cabeza. Su esposa era la mejor mujer que se podía tener. Sus hijos eran ejemplares. El único esperpento era él; malísimo siempre fue. Sin embargo, no encuentro el por qué de su rabia, de su furia. Yo, su vecino desde hace15 años, me estaba persiguiendo con un arma.
Tomé por la parte trasera de la covacha de su madre, que vivía cerca de su casa. En eso, y sin dispararme, le seguía preguntando. No contestaba. Llegué hasta la carretera y de pronto, veo que tomó el pasadizo que de niño nunca aprendí: estaba más cerca de lo que pensaba.
Los carros pasaban. Los niños de las casas cercanas a la avenida gritaban hacia sus casas al ver el suceso. Tropecé con un hueco de la yerba que había al atravesar el último carril. Y entonces, detrás de mí había un señor pequeño, mirando todo. Le disparó dos veces. Su malévola risa parecía acorralarme a los confines más oscuros del pequeño espacio que mi cuerpo estaba ocupando. Lo había matado, pero estaba feliz. Al final, terminé preguntándome por qué me corrió a mí. Lo único que necesitaba era matar, y yo salí de su camino.
Al regresar tras su rastro, y sin nadie haber visto el suceso, veo que toma por el cuello a su mujer. La descuartiza y la rebana para pastel navideño. Llama a los niños con una voz sutil. Toma un bate. Levanta el aparato y les pega en la cabeza. Luego, y reconociendo que yo estaba presenciando todo sin tener fuerzas de llamar a la policía, echó los cuerpos en las bolsas de reciclaje que enviaba el gobierno todas las tardes. Los desechó en el contenedor cercano a mi casa; tomó el carro; me sonrió y disparó contra la ventana de mi casa.
No sé qué le pasó. No conocía a Julio de esa manera. Sólo sé que le gustaba matar, pero no tanto. Yo no volví a verlo, sin embargo, espero verlo algún día. Me gustaría darme el traguito de los jueves, en el que nos contábamos las penas y me hablaba de sus hazañas.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada